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Amuletos contra el desastre

Laura Emily Roberts

El canon ¿de quién?

Todos los años salen listas: los mejores libros del año, los mejores autores revelación del año, los mejores autores, los mejores… Lo que sea. Últimamente se habla mucho del Gran Novelista Americano, algo que ya parecía superado con la inclusión de narrativas de otras etnias y experiencias en la ficción mainstream americana, con el haber llegado a entender que Estados Unidos son muchas voces y muchas culturas. Está claro que los cánones de cada uno se forman con sus lecturas, y, a la vez, las lecturas nutren ese canon. Si bien el término de gran autor americano incluía hasta 1900 los nombres de Nathaniel Hawthorne, Herman Melville, Walt Whitman y Mark Twain (ninguna mujer, a pesar de la relevancia de Emily Dickinson como coetánea de Whitman, por lo muchísimo que escribió a pesar de no publicar en vida), el término sigue, sorprendentemente, en auge. Pocas mujeres podían escribir, dedicarse a ello (recordemos la habitación propia de Woolf y cómo su falta de ella condiciona la falta de autoras en la historia de la literatura universal) y ni mucho menos publicar–la voz pública estaba relegada el hombre. A nuestros días, probablemente no haya llegado ni un diez por ciento de lo que había entonces: la poeta puritana del siglo XVII, Anne Bradstreet, pide perdón a Dios todo el tiempo a la vez que su escritura constituye un homenaje a los valores de su cultura, y jura estar robándole horas al sueño y no a su familia para poder escribir. Mary Rowlandson detalla en una crónica cómo fue secuestrada por los nativos, es decir, su narrativa tiene un fin explícito. Después de la primera mitad del siglo veinte, Harold Bloom habla de cuatro nombres: Philip Roth, Cormac McCarthy, Thomas Pynchon y Don DeLillo. Todos ellos destacan por la cantidad y calidad de su obra y por su extensión tanto en la crítica como en lo comercial; sin embargo, ¿qué tienen todos ellos en común? Que todos son hombres anglosajones blancos y –salvo Roth, judío, que se retiró de la escritura públicamente hace unas semanas-, protestantes. ¿Qué pasa con las mujeres? ¿Y con las otras etnias? Estados Unidos no recibe un premio Nobel desde que en 1993 lo ganara Toni Morrison, quizás la novelista estadounidense actual más fuerte y con una de las trayectorias más sólidas. ¿Por qué no se la incluye en estas listas? ¿Y qué pasa con Joyce Carol Oates, quizá la autora más prolífica de nuestro tiempo? Harold Bloom tiene un canon particular (y limitado, como todos), sí, pero eso no significa que el resto de la crítica tenga que seguirlo. Ambas autoras tienen una trayectoria crítica y comercial asombrosa, una carrera consolidada y un cuerpo narrativo variado si bien personalísimo y al mismo tiempo muy americano. ¿Por qué el hombre blanco sigue siendo el estándar de la experiencia cultural, el referente que puede valer para representar a toda una sociedad? Precisamente por su variedad histórica, social y cultural, Estados Unidos cuenta con una riqueza literaria de narraciones que confluyen. Leamos y juzguemos nosotros mismos. Cuantos más referentes haya, mejor.

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