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A través del Cine

Pablo García Conde
Blog de Pablo García Conde. Críticas de cine

La experiencia de lo carnal

En un momento de La vida de Adèle, el abrumador éxito de Abdellatif Kechiche en Cannes, nos sumergimos con la protagonista en las profundas y azules aguas del mar. Ha pasado un tiempo desde que perdiera a su gran amor, cuyo pelo azul arrastra reminiscencias durante todo el film. Y pese al tiempo transcurrido, se zambulle en ese azul líquido, sinuoso, cuyo plano cenital sobre el rostro de Adèle nos ayuda a comprender la profundidad que ese color simbólico ha tenido sobre ella. Porque el azul es un color cálido… como dice el título del cómic en el que se basa la película. Tan cálido que nunca muere, marca como una cicatriz su crecimiento, pues las vivencias más profundas y apasionadas son también las más dolorosas e imperecederas. Remitiéndonos a otro ejemplo francés (y podrían ser muchos más), tenemos el mismo obligado paso a la adultez a través del amor y la pérdida de la inocencia en Un amour de jeunesse (2011, Mia Hansen-Løve), donde una chica vive los momentos más desenfrenados y delirantes con su novio en la adolescencia, momento que marca su madurez y cuyo dolor se arrastra subterráneamente sin irse a ninguna parte.

 

Podemos establecer algún tipo de relación con ese cine de la experiencia estética en el que prima el goce de los sentidos frente a la narración propiamente dicha. Tenemos un buen ejemplo en otra reciente producción: Gravity, de Alfonso Cuarón, que nos sirve de contraposición a La vida de Adèle. Mientras que la primera transmite con gran potencia la ingravidez de la materia, la levedad del gesto y del ejercicio interpretativo, la segunda se construye gracias a la pesadez de los cuerpos, el contacto físico, carnal (hasta el punto de ver constantemente en primer plano esas bocas alimentándose), el ansia por lo material, el placer sensorial y más primario. La magnífica captación de la cámara de esos cuerpos y esa naturalidad en la vida cotidiana nos muestra también la debilidad, “la misteriosa debilidad de los rostros humanos” (frase de Sartre extraída de la película).

 

Esta es la historia de Adèle (Adèle Exarchopoulos), al menos una pequeña parte, en la que experimenta la sexualidad por caminos nuevos gracias al encontronazo con Emma (Lèa Seydoux) y su experiencia vital compartida. La narración admite muchas idas y venidas, alusiones e invitaciones, ya sea por sus temas musicales, las referencias literarias en clase, la vitalidad en la manifestación por las calles de París, la vertebración de la imagen corpórea gracias a la reiteración en cuadros en un museo, alusiones a Schiele y su morbidez… La vida de Adèle se crece por momentos en un relato que apuesta por la transmisión de lo sensorial, hecho conseguido con creces, y por dos actrices combinadas perfectamente para la ocasión.

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