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Pablo García Conde
Blog de Pablo García Conde. Críticas de cine

El último soñador

Nebraska detail

La cotidianeidad puede convertirse en una pesada carga con la que lidiar toda una vida. El exceso de monotonía puede abnegar la voluntad, hacer olvidar el placer de lo nuevo bajo la cómoda estabilidad de una ilusoria satisfacción. Schmidt se encontraba en una encrucijada de este tipo hasta que su esposa falleció de repente y tuvo que cambiar por completo su vida (A propósito de Schmidt, 2002). Matt King no era capaz de ver su propia realidad familiar y conyugal hasta que se vio forzado a ello (Los descendientes, 2011). Alexander Payne sabe muy bien lo que es dar el paso, empujar a sus personajes hacia el necesario cambio, el impulso hacia el viaje o, lo que es lo mismo, hacia una nueva vida. En Nebraska (2013) el anciano Woody Grant (Bruce Dern, mejor actor en Cannes) es encontrado un día caminando solo por la carretera. Su motivación es recoger un premio de un millón de dólares. Lo que no sabe, o no quiere saber, es que se trata de una estafa vieja y muy común. Su hijo, después de intentar en vano convencerle de que se quede en casa, decide llevarle en un largo viaje en el que no importa tanto el destino como lo que hay a medio camino. Una vuelta al pasado, a los orígenes, al reencuentro con familiares y conocidos, algunos ya bajo tierra. Un viaje en el que padre e hijo viven la experiencia de acuerdo a cada lógica generacional. Woody, como sus numerosos hermanos y sus sobrinos, es poco hablador, le gusta el fútbol y la cerveza. Por su parte, su hijo David representa ya otra manera de ver y hacer las cosas: desborda honestidad a cada momento, cuida de su padre e intenta complacerle pese a sus locuras.

 

El viaje de Woody y David representa una vuelta a las raíces familiares, el reencuentro para ambos y la asimilación de que corren nuevos tiempos. Tras haber colaborado siempre en los anteriores guiones, en esta ocasión Payne trabaja sobre un texto que mantiene su tema predilecto: el viaje como punto de inflexión en la vida. En ocasiones sutil, y en otras tremendamente cómico (véase la ridiculización de los paletos de pueblo), el relato se crece gracias a la dignidad que el viejo quiere recuperar. No sin el apoyo familiar, unos hijos y una mujer que, pese a soportar la testarudez de Woody, saben lo que es mantenerse firmes y responsables en el momento preciso. Nebraska supone una confrontación generacional, el camino hacia la transformación personal, la recuperación de la dignidad y la lucha desde la honradez. Una auténtica batalla por la vida y su plenitud y el amor familiar. Una vuelta al pasado que sirve para encarar el porvenir. De este modo, el viejo Woody, en tiempos de crisis y necesidad, busca su recompensa y salir del atolladero. Pero, ¿es que acaso lo que de verdad necesita es dinero y su verdadero sueño es el millón de dólares? Esta es la historia de Woody, la oveja negra de su generación, el último soñador.

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