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A través del Cine

Pablo García Conde
Blog de Pablo García Conde. Críticas de cine

El arte sin arte

Renoir, ¿el padre o el hijo?”, pregunta en una ocasión Andrée, modelo del famoso pintor Pierre-Auguste Renoir. El director francés Gilles Bourdos nos muestra en la película Renoir (2012) una etapa en la vida del pintor impresionista (la creíble y buena actuación de Michel Bouquet) junto con un joven director de cine llamado Jean Renoir que aún no tiene claro su futuro. Es 1915, Europa se encuentra sumida en la Gran Guerra y los dos hijos mayores del artista han sido heridos en ella. Así, Jean vuelve a casa a recuperarse de su herida, donde descubre a su padre anciano y enfermo de artritis y a su nueva modelo, Andrée. Ante esa falta de motivación en su vida, el joven soldado regresa a filas, no sin antes dejarse empapar por la influencia de la modelo: se nos presenta a una persona indecisa que necesita de los demás para encauzar su vida y dar rienda suelta a su genio dentro del séptimo arte.

 

Tenemos, así pues, un biopic en torno a la figura del pintor impresionista en sus últimos años, como punto de enlace hacia una nueva forma de mirar la naturaleza que continuará su hijo Jean. No hay una figura central, sino que a través de ambos personajes, que focalizan sus deseos (pictóricos y sexuales) en Andrée para conseguir la inspiración necesaria con que salir adelante, se forma una historia que cojea por sus constantes referencias biográficas en vez de centrar la atención en aspectos quizás más interesantes en torno a la actividad artística de los Renoir.

 

En El artista y la modelo, del mismo año, Fernando Trueba también reproduce la etapa final de un artista, esta vez inventado. Quizás sea uno de los motivos por los que saca mejor a relucir el aspecto conceptual y sensitivo de la que Renoir carece: hay una búsqueda irracional de la idea y las formas esenciales de la naturaleza y del arte contado de manera sencilla y efectiva. Es inevitable comparar, además, el papel de la modelo encarnada por Aida Folch que tiene un mayor impacto en la trama. En Renoir se intenta esbozar algo así como un canto al medio cinematográfico y a uno de sus máximos exponentes en Francia, sin la fuerza y el ingenio necesarios para otorgar mayor carisma al personaje que lo encarna. Lo que sí consigue la película (levemente, como las pinturas) es un alegato por la belleza natural y su transmutación en pequeños tonos de color, de luz, difuminados en los lienzos de Renoir sin dejar rastro de oscuridad, pese a las graves dolencias del pintor, pues como él mismo dice: “el dolor pasa, la belleza permanece”.

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