Silueta juliocesar original

A mí que me registren

Julio César Izquierdo

Tiburcio, a su manera

El señor Tiburcio es un hombre sabio, de pueblo, de los de toda la vida. Porque ser de pueblo es un don que se adquiere con el tiempo, siempre y cuando el tiempo esté fraguado como un estigma en la cara y cuarteado en las manos.

Tiburcio se levanta a las seis de la mañana y tira millas con un vaso de aguardiente en la pelleja y la gorra calada hasta las cejas. Con sus pasos, lentos y seguros, se pierda por la alameda y burla a los del Seprona, llenando la alforja de animalejos que saben a teta cuando pasan por la cazuela. Su risa es de media luna y el cinturón se lo hizo de cuero, chapado con monedas de veinticinco pesetas, que son las que valen, déjate de euros y milongas. De historia sabe, lo que se dice saber, un huevo y la yema del otro. Que lo mismo te habla de las brujas que antaño pululaban por el arrabal que del cura que se lió con la ama de llaves y menuda la que armó, la de San Quintín, dice.

 

Tiburcio nació el día de San Tiburcio, y ya ves, antes no preguntaban a la parentela, se tiraba de santoral y lo que cayera en suerte. No obstante, prefiere llamarse así a llamarse como una telenovela o tener que cargar sobre las espaldas con el sobrenombre de algún triunfito o un gran hermano de ésos que no han pegado un palo al agua. Porque nuestro hombre ve la televisión y de ahí que cada día quiera más a su perro, que es mucho más noble y comunicador. También tiene, faltaría, más cuento que Calleja, por lo que los zagales disfrutan de los lindo escuchando sus andanzas. Las cuenta a las cinco en la solana y algunos padres aseguran que sus retoños han visto una vida nueva, superando su adicción a las nintendos y las consolas de marras. Y lo hace en verano, que es cuando vuelven padres e hijos como el turrón en Navidad.

 

Estar, lo que se dice estar, está soltero, lo cual no le ha impedido mojar el pizarrín, pero con decencia y sin alardes. Que ahora, dice, se comen el morro en un abrir y cerrar de ojos y luego, pues ya ves, faltan leyes para legalizar tanto desmadre. Uno, a fin de cuentas, satisface y punto, señala impasible.

 

Tiburcio tiene sus cosas, sus manías y sus rarezas, pero parecen tan normales que pasan desapercibidas. Tan desapercibidas son sus cosas que no tiene propiedades, porque nunca registró nada, salvo la caseta de la era del vecino, que le había robado las azadas de la huerta.

 

En su pueblo, que tampoco es suyo porque lo agregaron al del ayuntamiento cercano, vive, campa y reina, sueña, ríe y llora. Y lo hace a solas porque allí, ahora, ya no queda nadie, pero mejor solo que mal acompañado. La asistente social ha elaborado un informe y dice que está más sano que una pera, aunque no estaría de más el facilitarle el acceso a una residencia de ancianos. Pero de aquí me sacan a rastras, contestó firme y tajante, lacónico y serio.

 

Faltarle, lo que se dice faltarle, no le falta de nada. Bueno sí, algunos le faltan al respeto y le llama viejo loco. Y se lo dicen los que predicaban el amor libre y ahora son ejecutivos con despacho y corbata.

 

Tiburcio es muy peculiar y se pueden contar cientos de capítulos. Se puede escribir un libro relatando sus peripecias múltiples. Un personaje como la copa de un pino, que cuando se le pregunta cómo vive, sin reparar en daños colaterales, siempre contesta, sincero, “que a mi manera”. Y te lo dice con un deje y una cadencia que parece estar cantando una entrañable tonadilla de éxito. Menudo pájaro.

 

 

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