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A mí que me registren

Julio César Izquierdo

Paraíso fronterizo (Primera parte)

Cuentan que existió un lugar a caballo entre las comarcas de Tierra de Campos y el Cerrato. Un espacio que algunos historiadores consideran que fue algo así como un paraíso de leyendas y que desapareció de la noche a la mañana, sin huellas ni rastro.

Sin embargo, recientemente,  tuve la oportunidad de ver unos legajos en los que se habla del susodicho entorno. Y según se deduce del texto, escrito en un lenguaje que mezcla el castellano antiguo con el latín y el griego, el paraje tenía poco más de dos hectáreas, flanqueado por dos ríos que daban pie a una vega fértil en la que se cultivaban todo tipo de productos y que únicamente se podían consumir en su interior.

 

Un paraíso fronterizo en el que habitaban no más de quince vecinos, gozando de una salud envidiable y una longevidad que superaba con creces los cien años. En el manuscrito al que he tenido acceso, celosamente guardado durante siglos en un eremitorio rupestre, se pueden ver algunos dibujos con rostros singulares, así como descripciones de las viviendas, su sistema organizativo, un listado de personas con las que tenían contacto y un código de cinco letras y siete números que se va repitiendo en la parte inferior de cada página.

 

Puede, incluso, que algún día les cuente cómo he tenido acceso al documento, pero de momento, debo ser respetuoso con el prójimo que me ha brindado la información y que pertenece a una estirpe en peligro de extinción. Es el último de los elegidos, el que ha mantenido a buen recaudo el secreto y que cree que ha llegado la hora de dar a conocer al mundo una noticia que cambiará la percepción que tenemos de las cosas. Y no me tiren de la lengua. Por desgracia es el único que queda y no ha encontrado a nadie que le pueda suceder. Quiere que se haga público, que se conozca quiénes habitaban un olimpo medianero del que muchos oyeron hablar pero al que pocos tuvieron acceso. Se menciona vagamente, si permiten la licencia, en algunas novelas del siglo XVII y me consta que varios investigadores han estado haciendo sus cábalas por las cercanías, aunque no han encontrado nada. Lo cual es lógico, pues ya se sabe que el rincón mágico desapareció sin improntas y que sólo los que sepan interpretar la clave antes mencionada podrán abrir las puertas del tiempo y acceder a su interior. Claro que antes no era así, señala mi confidente, pero el egoísmo de los hombres hizo que se tomarán precauciones.

 

Por lo tanto, anden atentos, porque en próximas entregas les iré dando pistas para que sean capaces de ubicar el sitio referido. De momento les puedo avanzar que el mundo de los misterios, de la fantasía, de los tesoros y de los héroes no hay que buscarlo en países lejanos y que las grandes aventuras también se generan muy cerca de nosotros y pueden resultar extraordinarias.

Continuará...

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