Silueta juliocesar original

A mí que me registren

Julio César Izquierdo

O-toño coño, el mío templado, mercis

Otoño caliente para algunos, pero más serán los que anden destemplados, sufriendo el frío de la necesidad, que, por alguna extraño razón, acalora de manera cruel.

Otoño para que se vaya cayendo la hoja, lenta y pausada, al tiempo que dejará las vergüenzas de algunos al aire y al pairo.

 

Meses para la reflexión federal y el antojo periférico, mientras que el resto de la humanidad españolita  seguirá tomando un café que no es para todos sino único, al precio de uno diez cuando menos.

 

Antesala de un invierno que enseguida se convertirá en Navidad por imperativo de vender a cualquier precio, que este año el turrón se anuncia en octubre, al tiempo y al euribor.

 

Días de melancolía sobrevenida, cuando el estío se antoja demasiado lejos y el presente se dibuja con pancartas que sirven para un roto y para una causa, para un descosido y una protesta.

 

Otoño de poetas sin fronteras y políticos venidos a menos. Semanas para poner todo en tela de juicio. Porque ahora, más que ayer pero menos que mañana, todo es cuestionable, todo es teoría de la relatividad y el depende es una palabra que se desgasta más que los dedos de un adolescente aporreando móviles y consolas.

 

Otoño para el debate, para que el mundanal ande encasillado en lo suyo, dando trabajo a otorrinos y fisioterapeutas. Que sí, que mora el personal estresado y de mala leche, a la defensiva, ofuscado en sí mismo y en derredor suyo. Se palpa en el ambiente. Lo que ayer era válido, de repente, ha perdido predicamento y sustancia.

 

Como el otoño mismo, que encandila y deprime, que va y viene, que te moja y te sorprende, que te llena de sol y de viento. Por eso recomiendo paseos largos, si prisas pero sin pausas, en compañía agradable, degustando los vaivenes de la naturaleza, oteando el futuro con equidistancia, valorando y sopesando. Que no resulta bueno atolondrar la cabeza con tantos mensajes tan dispares y opuestos.

 

Sí, un otoño donde todos tienen razón, la suya claro, pero que puede darse la circunstancia de que ninguna encaje en la propia, por mucho que se empeñen los demás para que arrimemos el ascua a su sardina.     

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