Silueta juliocesar original

A mí que me registren

Julio César Izquierdo

La vieja acacia

Lloraba María como la Magdalena  frente a la vieja y consumida acacia. Sus lágrimas caían débiles y amargas, mientras sus dedos repasaban un corazón tallado en el tronco décadas atrás.

Todavía recordaba el momento. Era un día en el que los dos buscaban la luz de las sonrisas compartidas, dejando atrás la noche de la adolescencia.

 

Por caprichos del destino, el azar quiso que se encontraran en la fiesta de San Juan, cuando las hogueras abrasaban malos presagios y se desprendían cenizas volátiles que se traducían en deseos incontrolables. Allí, ambos dos, se juraron amor eterno y emprendieron un camino repleto de aventuras y desventuras, de justicias e injusticias. La vida misma, se decían siempre, soportando sobre sus espaldas los buenos y los malos momentos, disfrutando de cada instante positivo y favorable, viendo siempre la botella medio llena, apostando siempre por un futuro que tenía más de presente que de pasado. Porque ellos nunca dijeron que cualquier tiempo vencido fuera mejor. El ayer no tenía sentido.

 

 

Pero ahora, cuando su vista se plegaba a lo imposible de un reencuentro, tenía dudas. Quizás se pudiera vivir de los recuerdos. Tal vez fuera factible amasar el mañana con los sonidos de otros tiempos. Quizás el ocaso fuera crepúsculo y los vientos atormentados se transfiguraran en carros triunfantes.

 

 

Y allí sigue María, cada mañana a primera hora, cada tarde a última, mientras repican campanas a lo lejos y vuelan el horizonte palomas blancas de alivio. Una escena observada con sigilo por unos pocos, por aquellos que de verdad quieren ver. Los elegidos que contemplan una escena que quizás no comprenden y que alguien plasmará sobre un lienzo de rizos y acuarelas para elogio de la posteridad.

 

 

El corazón tallado no era entonces sino una marca en la madera. Imperfecto, pero con afán de superación. Eran dos uniendo sus manos, sellando un pacto, un compromiso.

 

 

Ahora, cuando el viejo árbol se consume, observa, creyente, que su secreto sigue teniendo vigencia y que la ausencia de uno no es más que otra piedra que desea ser tallada.

 

 

Hoy, su marca es su estigma y su periplo su experiencia. A buen seguro, bien lo sabe ella, la acacia volverá a dar sus frutos. Porque hay llamas que nunca se apagan.

 

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