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A mí que me registren

Julio César Izquierdo

La plástica marranil

Dicen que a todo cerdo le llega su San Martín, pero parece que la palma se la lleva San Antón, sea por gozar de un refranero más amplio, sea por dar mucho juego festivo y gastronómico.

Así pues, no hay enero alargado hasta febrero que no tenga fiesta y condumio marranil. Cada pueblo y villa se lo guisa a su manera. El caso es tener una disculpa que atraiga atenciones, turistas, vecinos y almendreros profesionales. Y me parece bien, que lo rural tiene que inventarse a diario para salir en los papeles por cuestiones positivas, aunque sea a cuenta del gocho y del puerco.

 

Al lío y a lo que estamos. En estas fechas proliferan los rituales más ancestrales, con bendiciones de animales, concursos de refranes, chamuscado del marrano, sonido de dulzainas, reparto de pastas y orujos, degustaciones de morcilla y bailoteos varios y surtidos. A lo que hay sumar las nuevas tendencias como representaciones teatrales para dar más sabor al invento, ya sea explicando el origen de las cosas o adornando graciosamente el momento para hacer más liviano el frío estepario que reina por nuestros pagos en fechas tan señaladas.

 

Y por supuesto, no pueden faltar las jornadas gastronómicas al uso, con restaurantes que nos animan a consumir las carnes más típicas del ámbito terracampino y cerrateño, aunque los pasos del cerdo son tan universales que no distinguen territorio y así, lo mismo se te hacen torreznos en la montaña como chorizos en la Valdavia. Que las grasas ventiladas al balcón han quitado mucho hambre y raro es que en cada casa no haya un experto en “hacer la matanza” y se conozca al dedillo las medidas de pimentón por puños o las proporciones exactas de cebolla por kilo de materia.

 

Porque el sacrificio del engordado y sus universos paralelos ha formado parte de la idiosincrasia palentina y castellana (que no se enfaden en Teruel, claro, ni en Huelva, por supuesto), donde la crianza del lechón era un sacramento y un estigma que te hacía pecar a través de las ollas de lorzas (las que luego se te ponen en el cinturón como un michelín más moderno y o sea). Eso por no mentar a las longanizas más eternas que un día sin pan. Aunque siempre se mojaron chuscos y cantillos para saborear huevos fritos en el aceite del choricillo malévolo. Placer de dioses y de pobres. Alta cocina ahora, porque por algún sitio he visto helado de morcilla, que de todo hay en la viña. Y hay quien se lo come también, claro, que los paladares particulares no salivaron nunca gustos ajenos.

 

El caso es que ahora fomentamos lo del gorrino como fiesta de exaltación de otros tiempos, en unos momentos en los que nos dicen que las matanzas domiciliarias han caído en picado. Vamos, que ya nadie quiere pringarse un fin de semana con el asunto y practicamos la compra envasada y del carnicero cercano (que también tiene derecho a vivir, faltaría más). Pero todo indica que las artesas, los adobos, el tocino y demás parentela volverán a casa por Navidad como hizo el del anuncio. Porque los rigores económicos y crematísticos vuelan bajos como el grajo y a saber si no toca lavarse con jabón de lagarto, lagarto… A fin de cuentas, todo sería muy ecológico y de buen reciclado, que ahí sí somos todos políticamente correctos.

 

¡Cerdos benditos y manjares celestiales! Que tienen origen lejano, de memoria frágil en muchos casos, que bien sabido es cómo nos hemos pasado por el forro el recuerdo y la herencia de asuntos que olían a paleto pero que llenaban la panza de tantos el día de la fiesta grande, el día de función que se llamaba. “Que prepares la merienda que voy al pueblo”. Mira, esta frase sí se mantiene.

 

Así es, en menos de cincuenta años lo que era supervivencia se ha convertido en tradición y exhibición pública en jornadas señaladas en rojo en el calendario festero. Actividades que causan sorpresa en los más pequeños, porque el tópico es una verdad como un templo: para muchos infantes la carne del puerco – y de otros- se vende en las grandes superficies y algunos untes en pan de molde son casi una experiencia religiosa, o más bien un encuentro en la tercera fase. Vamos, que el producto se planta en lata y amén. Se ha llegado a un desconocimiento tal, que los rurales han tenido que aprovechar el momento (hasta la capital ha sucumbido en Las Candelas) para poner sobre el tapete la verdad: “He aquí la madre del cordero”.

 

Y se hizo la luz, que dijo el maestro, con normativas incorporadas – que nadie dijo que no fueran necesarias- y orujillos moderados para alegrar el momento. Porque del cerdo y sus circunstancias se aprovecha todo, desde los andares a los pesares. Días, ya se sabe, donde no hay ni dieta, ni colesterol, ni daños colaterales. Ya te digo.

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