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A mí que me registren

Julio César Izquierdo

Al final no quedará ni Rita: despoblación, la única renta no variable que sigue subiendo

Eterno tema sin soluciones aparentes o de difícil arreglo, o que ya no interesa a los que debiera preocupar. Bueno sí. Que llegan las elecciones y hay mucha tela que cortar.

Y no será por los ríos de tinta que han corrido sobre el tema y que está siendo, una vez más, motivo de enfrentamiento dialéctico entre las diferentes opciones políticas.

 

Tanto es así, que hace poco escuchaba a un candidato acusar a otras opciones de no tener en cuenta al medio rural en su predicamentos.

 

Vamos, tildaba al adversario de urbanita. Y es que cuando llega el momento de meter el voto en la urna, muchos, no todos, se acuerdan del potencial que tienen los pueblos.

 

Y bien saben ellos que el mayor porcentaje de votantes se encuentra en las ciudades, pero la papeleta de los hombres y mujeres que todavía habitan por nuestros pagos del agro siguen decidiendo diputados y consejeros. Ya te digo.

 

Porque a nadie se le escapa que, por los motivos que sean - y no es solo la falta de trabajo como dicen algunos-, la gente emigra a otros rincones de mayor ventura y desarrollo.

 

¿Lugares con mayor proyección, con más servicios, con más calidad de vida, con más supermercados, colegios, escaparates, gimnasios, restaurantes, centros médicos, con más de todo y más cerca, más barato y competitivo? Puede.

 

Pero hay cuestiones innegables que también han fomentado la despoblación. Por un lado, la ausencia de diálogo efectivo con los afectados y sus responsables institucionales (ayuntamientos por ejemplo, junto a colectivos sociales y culturales). Por otro, posiblemente, la falta de interés real, a sabiendas de lo complicado de la aventura, por mucho que se aleguen inversiones y programas de desarrollo, algunos de dudosa efectividad y de nulo conocimiento por parte de los afectados.

 

Y sabido es que hay pequeños municipios condenados a la desaparición, pero no es menos cierto que, a diario, muchos trabajadores de todo corte se desplazan hasta el medio rural porque allí es donde se encuentra su modus vivendi. Van, curran y se vuelven a la casa de la ciudad.

 

Claro que también alguien puede apuntar que otros van al currelo a la ciudad y después se vuelven a su casa del pueblo. Lo que pasa es que la mayoría de los segundos terminan por quedarse en el lugar donde tienen el puesto de trabajo.

 

Problema candente y rocoso. De necesario análisis. Y ahora, los que tienen pitos que tocar en el asunto, vendrán por aquí. Y dicen las buenas gentes que habrá que preguntarles algo.

 

A ellos y a otros tantos, conviene aplicarles el formulario y ver si distinguen las churras de las merinas.

 

Como siempre, salvadas queden las honrosas excepciones y algunos excelentes agentes de desarrollo local. Ya se sabe, los cortés no quita lo valiente. Pues estamos como para quitar. Quita, quita...

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