Silueta original

35 mm

Boris García

Sam Peckinpah y la épica del perdedor

Imgthe wild bunch2 detail

Todo país necesita su propia épica. El crisol en el que se funde una identidad nacional; el espejo estético en el que los ciudadanos puedan reconocerse a través de un  mito fundacional que refleje  los valores de la tierra que habitan. Los Estados Unidos, como el último de los imperios, se valió de una de las artes más jóvenes, el cine, nacida en el preámbulo de su siglo de gloria, el XX, y de un género que le es tan propio como el mismísimo Cañón del Colorado; el western, claro.

El héroe del cine clásico del oeste es el hombre que se hace a sí mismo, la encarnación del bien  y de la violencia idealizada en la lucha contra la última frontera salvaje. Sus historias son de horizonte y futuro, de expansión civilizadora necesariamente maniquea, como lo es toda épica.

 

Pero ningún género es ajeno a su propio tiempo y las tumultuosas décadas americanas de los sesenta y setenta, y su crisis de valores,  tuvieron como consecuencia una revisión formal e ideológica de éste, durante uno de los periodos que, de vez en cuando, nos regala Hollywood, en los que la línea clara del pensamiento mayoritario de los estudios se agrieta en favor de propuestas más ácidas y arriesgadas. Este es el contexto en el que nace el western crepuscular, con su evolución de héroes a antihéroes, de la violencia justificada a la violencia por sí misma, brutal y sin coartadas morales,  de la idealización de la historia a una visión más realista y crítica. Y en el que desarrolla su carrera uno de los directores más personales y controvertidos del cine americano, el gran Sam Peckinpah.

 

Su reducida filmografía fue una serie de enfrentamientos encarnizados con las productoras –preocupadas, obviamente, por edulcorar el explosivo universo del realizador californiano- y con todo aquél que pasase por su lado durante los rodajes. Genial, excesivo  y terrible, su personalidad creativa cuajó unos cuantos de los mejores filmes de la historia del cine entre los que se encuentran, por ejemplo, Quiero la cabeza de Alfredo García, Perros de Paja, La cruz de Hierro, o, dentro ya del western, las obras maestras Grupo salvaje y Pat Garrett y Billy The Kid.

 

Su cine siempre fue tildado de ser una apología de la violencia, pero, más allá de la estilización de ésta mediante los seminales recursos marca de la casa –cámara lenta y montaje diversificado en muchos más planos de lo que era habitual- lo fundamental es la mirada cínica y desesperanzada hacia su inherencia al hombre, muy lejos de la idealización anterior. Son ejemplos claros y recurrentes, en este sentido, los magistrales créditos de los dos westerns  antes referidos: en los primeros la llegada de los protagonistas al pueblo se intercala con la escena de unos niños torturando escorpiones mientras sonríen, en los otros, Billy y sus hombres matan el rato probando puntería sobre las cabezas de unas gallinas enterradas.

 

Peckinpah dejó paso a personajes de moral ambigua que se definen por la afirmación de su propia voluntad y por la libertad salvaje del caballo y el revólver. Acorralados en la brutalidad de un periodo que se acaba por la institucionalización de la ley y por la domesticación del país en favor de las empresas y los avances técnicos, habitan en el desierto borroso del pasado y no tienen más salida que la traición  o la muerte. La nostalgia subyace en sus actos; Patt Garrett se reconoce a sí mismo en cada uno de los antiguos compañeros que mata hasta llegar a Billy pero sabe que su viaje no tiene retorno, que ya ha perdido.

 

Hay una escena de Grupo Salvaje grabada a fuego en mi imaginario. Precede al enfrentamiento final y a la muerte de los protagonistas. Pike acaba de estar con una prostituta mejicana, poco más que una niña, a la que paga sólo una moneda. La mira con tristeza mientras se pone el sombrero y sale de la habitación ajustándose la pistolera. En la sala contigua están sus hombres y dos mujeres que protestan porque no les han pagado. Un pájaro pequeño agoniza en el suelo. Salen y en la calle les espera Dutch. Pike lo mira y éste sonríe. Sabe lo que van a hacer. Cogen los rifles de los caballos y enfilan la muerte calle abajo.

 

El tiempo se agota pero un hombre hace lo que tiene que hacer, permanece fiel a lo que es y lo que cree, sea lo que sea. Es la épica del perdedor. Buena lección, Sam.

Comentarios

Deja tu comentario

Si lo deseas puedes dejar un comentario: