Silueta original

35 mm

Boris García

Million Dollar Baby

Mdb detail

Las buenas películas, como los viejos amigos, vuelven de vez en cuando en el momento más adecuado. Una conversación tan familiar que se reanuda como si alzáramos la botella en el mismo bar, a la hora de siempre, e ignora el tiempo transcurrido, clara y serena, sobre el ruido de fondo de los días inciertos en los que ya no nos reconocemos ni en el espejo. Justo a tiempo, regresan con la ofrenda de los jirones del hombre que un día creímos ser, de lo que amábamos, y nos vuelven a reconciliar con el cine, es decir, con la vida. Como volver a casa después del destierro en un país del que nunca entendiste el idioma.

La dialéctica continúa sencilla, palabra e imagen como cuchillas cortando hacia el centro. La brutal honestidad  de lo que no necesita aparentar ser lo que no es. El resto, desde la última vez que nos vimos, mentiras y balbuceos en dolby surround.  Eastwood, el último gran narrador del cine contemporáneo, rechaza la  perfección vacía  y estridente del Hollywood actual con la desnudez de su cine de plano fijo y contraplano, de diálogos y personajes,  de historias tan antiguas como el primero de los hombres.  Clásico es, simplemente, lo que no se puede mejorar.

 

Million Dollar Baby narra el espectáculo más bello al que se puede asistir y, por lo poco que he podido aprender en mis treinta y cuatro abriles, tal vez el único importante: la lucha a golpes contra el muro de lo probable. Llevar hasta la orilla un pez más grande que el bote en el que remas mientras lo devora el mar. El último combate que podías soportar, el 109, en el que perdiste un ojo por no tirar la toalla, del que nunca te has arrepentido. Apenas un kilo de basura blanca al nacer que se abre paso a hostias hasta rozar el campeonato del mundo.         

 

Pero la carta que el tuerto Scrap-Iron  le escribe a la hija de Frankie –la voz en off que apuntala el amargo lirismo de la película- es, sobre todo, una historia de amor y redención, la que finalmente no devolverá el cartero. Un amor destilado del sudor y la fe, de los soberbios primeros planos de las actuaciones del trío protagonista y de conversaciones antológicas en los claroscuros del viejo gimnasio o en cafeterías  a la luz de lámparas mortecinas sobre tartas de limón. El viejo entrenador desoye todos sus instintos de conservación y enseña a moverse a Maggie en el baile más antinatural, en el que vas hacia el dolor en vez de huir. Hacia donde él se dirige, cubriendo la culpa del recuerdo de su hija, que no le habla desde hace veinte años, con la bata de boxeadora de su pupila y la leyenda, en letras doradas, Mo Cuishle.

 

La sombra de Frankie abandona el hospital en la última escena. Creo que ya no sentía nada. Nunca volvió. Sólo espero que encontrara algún lugar en el que hallara un poco de paz. Un lugar enclavado entre cedros y robles, a mitad de camino entre ninguna parte y el olvido. Sin embargo, un coro de espectadores fantasmales seguiría gritando su nombre sobre el brillante cuadrilátero para siempre. Mo Cuishle. Mo Cuishle. Mi amor, mi sangre.

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