Silueta original

35 mm

Boris García

Jessica Lange, que estás en los infiernos

Fx american horror story freakshow keyart detail

Debo reconocer que el estreno de American Horror Story, allá por el 2011, dejó a quien escribe –fan incondicional del género con más tragaderas que el propio Hannibal Lecter - bastante defraudado tras unas buenas expectativas. La serie titubeaba como un blando pastiche a mitad de camino entre House of Hounted Hill y Modern Family, de la que remedaba incluso el empleo de la insoportable cámara al hombro, con los absurdos zooms incluidos, a través de  un argumento que se centraba demasiado en el culebrón familiar de los Harmon  dejando los elementos sobrenaturales en un segundo plano.

Sin embargo, dos factores hacían que mereciera la pena seguir viéndola cada semana: los potentes títulos de crédito –que aúnan la hipnótica música industrial de César Davila con la imagen de Kyle Cooper, creador del soberbio inicio de Seven, ni más ni menos- y una Jessica Lange que poco a poco iba haciéndose con las riendas.

 

La serie fue ganando truculencia –e interés, no nos engañemos- a medida que avanzaba la primera temporada para desembocar en la segunda, que cambiaba de tercio argumental mudándose  al sórdido manicomio de rigor, pero conservando parte del elenco de actores encabezado definitivamente por la rubia de sesentaitantos, que encarna a la sádica y torturada religiosa católica que dirige la institución. Con todas las cartas sobre la mesa, AHS se consolida en una propuesta clara y sin cortapisas: un rico cocktail del exceso en el que entran todos los tópicos posibles del gótico americano y alrededores. A saber:  la monja endemoniada, el mad doctor nazi, el asesino en serie, e incluso abducciones extraterrestres, agitados y revueltos en un muy disfrutable pandemónium que dejaba  la coherencia de la historia en segundo plano, por supuesto. Y al que no le guste que cambie de canal.

 

Tras una tercera entrega ambientada en Nueva Orleans, esta vez con un nuevo contubernio de Colegio Howard´s de brujería para señoritas, vudú y fantasmas psicópatas, al que se añaden las magníficas Catty Bates y Angela Basset, la última vuelta de tuerca de la serie, American Horror Story: Freakshow,  aterrizó hace unas semanas en la primera línea de la televisión americana por cable.

 

Y lo hace explotando la mejor tradición cinematográfica en otra espiral desquiciada en torno al mundo de los fenómenos de feria –que cuenta con precedentes como la seminal Freaks, de Browning, la obra maestra de David Lynch, El hombre elefante o la también televisiva Carnival- con el tema de la inadaptación y el destierro social de lo anómalo como un tenue hilo conductor para el espectáculo grotesco puro y duro.

 

Jessica Lange brilla en AHS como una excesiva estrella  en un alegato que parece contradecir la decadencia del paso del tiempo y  la frustración que caracterizan a sus personajes dentro de la serie, el mismo, en realidad, a lo largo de cuatro encarnaciones. Más mujer fatal que en sus mejores tiempos, más  Dietrich que nunca, sigue con el peligro bordado en las medias de seda -cubriendo unas piernas ortopédicas esta vez- y contradice en la pequeña pantalla la fea costumbre de Hollywood de relegar a un segundo plano a tantas estupendas actrices que pasaron de los cuarenta hace ya unos cuantos años.

 

La actriz ha confirmado que cierra con esta última temporada su participación en la serie, así que poco tiempo resta para poder disfrutar de sus excesos, que incluyen un inefable sketch musical versionando al mismísimo Bowie. Mientras tanto, aunque sea durante los cuatro episodios que quedan por estrenarse, The (Freak) show  debe  continuar.

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