Silueta original

35 mm

Boris García

En la habitación cerrada

A esto es a lo que me refiero. A esto me refiero cuando hablo del tiempo y la muerte y la futilidad. Hay ideas más amplias en juego sobre todo lo que nos debemos entre nosotros como sociedad por nuestras ilusiones comunes. Después de catorce horas seguidas viendo cadáveres uno piensa en eso.

¿Ustedes lo han hecho? Les miras a los ojos aunque sea una foto. No importa que estén vivos o muertos, aún puedes leerlos  ¿Y saben que se ve? Su agradecimiento. Al principio no, pero, ahí, en el último instante, es un alivio inconfundible. Sí, porque tenían miedo. Y ahora veían por primera vez lo fácil que era dejarse llevar. Veían en ese último nanosegundo, veían lo que eran. Que tú, tú mismo, todo este gran drama, nunca ha sido más que un montaje de presunciones y voluntad absurda y ya podías dejarte llevar, saber que no tenías por qué aguantar con tanta firmeza.

 

Y entender que toda tu vida, todo tu amor, todo tu odio, toda tu memoria, todo tu dolor, todo era lo mismo, todo era el mismo sueño, un sueño que tenías en una habitación cerrada. Un sueño sobre convertirte en una persona.

 

Y, como en muchos sueños, un monstruo aparece al final.

 

Este era el dardo envenenado que Nic Pizzolatto, guionista de la que sin duda se ha erigido como la serie del año, True Detective, ponía en las palabras de Rust Cohle, el detective protagonizado por Matthew McConaughey, en la escena que es resumen y santo y seña de la última creación de la bendita HBO.

 

Fumando un paquete de Camel tras otro y haciendo figuritas humanas con las latas vacías de toda una serie de cervezas Lone Star,  los ojos iluminados desde el rostro huesudo, Rust fulmina a los policías  que lo interrogan –y al espectador-  desde su palco en la nada. Y McConaughey se confirma –tras Dallas Buyers Club- como un inapelable monstruo de la interpretación.

 

Poco puedo aportar que no se haya dicho ya sobre la serie. True Detective ensambla a la perfección muchos de los lugares comunes del gótico americano y su  tormentosa versión de los buddy films policíacos, con una química entre la dupla de protagonistas –al tejano le acompaña un Woody Harrelson también estelar- que arde tanto como las llamas de los espectaculares créditos de inicio.

 

Y lo hace a través de toda una serie de referencias literarias y filosóficas,  siendo las más evidentes El rey de amarillo de Robert W. Chambers, el propio Lovecraft o el pesimismo de E.M. Cioran, que le otorga la crudeza de un puñetazo en la boca del estómago.

 

A la espera de su segunda temporada, que girará en torno a una historia y a personajes distintos –que al parecer serán interpretados por Collin Farrell, Vince Vaughn y Rachel McAdams, como novedad femenina- les encomiendo a que disfruten de la primera. Porque su calidad y su alejamiento de los rectos renglones de la cinematografía habitual de Hollywood lo merecen.

 

Y, no a pesar, sino gracias a ser una serie, con sus ocho horas de duración, además, y no una película.

 

 

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