Silueta original

35 mm

Boris García

Bukowski. Robar las rosas de las avenidas de la muerte

Bukowski detail

Años sesenta, en alguna pensión de los suburbios de Los Ángeles.  Templaba la resaca con tragos tranquilos a una botella de oporto barato. Puñados de hojas mecanografiadas por el suelo, vindicaciones bastardas entre la última bronca con la última conquista de saldo –zapato de tacón gastado en la esquina, gritos alcohólicos, corazones de doble filo-  y el siguiente turno rompehuevos en la oficina de correos.  Grietas en las paredes como constelaciones de tristeza, ropa sucia y bruma de tabaco ahogando los zarpazos sobre la underwood de segunda mano. Charles Bukowski tenía más de cuarenta, había vuelto a escribir demasiado tarde, había publicado demasiado poco.

Demasiadas borracheras, demasiados trabajos de mierda, demasiadas peleas en los callejones traseros de bares demasiado oscuros. Pero seguía dándole fuerte a las teclas. Mahler en la vieja radio, un trago, esperanza. Plantado con los dos pies juntos, guardia baja, la resistencia del fajador de mil derrotas distintas.  Ganchos cortos al cuerpo, palabras como puñetazos. Otro trago esperando bajo la lluvia de golpes a montar el directo, el nocaut como un relámpago, la metáfora eléctrica estallando en el papel sobre los añicos de la realidad.

 

Pocos años después abandonaba su trabajo en el servicio postal de los Estados Unidos agarrándose a una modesta remuneración inicial de la editorial Black Sparrow Press. Se publicaría la primera de las seis novelas que escribió, Cartero. Aparecerían los libros de poemas y las recopilaciones de relatos de una fecunda actividad que duró hasta su muerte. Las lecturas públicas ante audiencias cada vez más concurridas. Las mujeres que lo rechazaron durante toda su vida saltando sobre sus brazos. El tipo que se jactaba de haber vivido diez años en el arroyo, de haber caminado por la senda del perdedor, empezaba por fin a vislumbrar el triunfo.

 

Toda su producción literaria fue un gran acto autobiográfico con su alter ego Henry Chinaski como centro provocador. Vagó por la otra América que inaugurase  la generación perdida, por los márgenes de la recién nacida sociedad del éxito de los anuncios de cereales y las casas con vallas pintadas de blanco, y negó el coge la familia, mézclala con Dios y la nación, añade diez horas de trabajo diario, y tienes todo lo que necesitas. El outsider  que  le grita a la cara del sistema provocándole con su realismo sucio de vagabundos y hospitales llenos, de pagas miserables y prostitutas, de perdedores que nunca tuvieron la más mínima oportunidad. Prosa desnuda, obscena, martilleo de oraciones simples, siempre adelante, al acecho de la humorada sardónica –fuiste el mejor en esto, Hank- y de la sentencia brillante. Rudeza de estilo que definía con la siguiente frase: Un intelectual es el que dice una cosa simple de un modo complicado; un artista es el que dice una cosa complicada de un modo simple. Y por encima de todo el cinismo, colgada de las horas vacías y la desesperación, la sospecha  de un humanismo indestructible, del amor, del pájaro azul en mi corazón que quiere salir, pero soy duro con él, le digo quédate ahí abajo, ¿es que quieres montarme un lío? ¿es que quieres joder mis obras?


Y llegó Linda Lee, la definitiva. El dinero que le permitió mudarse a la parte guapa de L.A.  Recorrer el gastado circuito de hipódromos de California en un BMW. Y el miedo a la domesticación mientras perfeccionaba el número exhibicionista con un poso de serenidad ante las cámaras que empezaban a invadir el umbral de su nueva vivienda. La madurez le trajo la ración de notoriedad que se le había negado y él la tomó con las artes de un viejo zorro; ok, está bien, montad la carpa del circo por aquí cerca, pero no pidas después  que no me ría de los payasos. A la inacabable serie de entrevistas se le sumó el ofrecimiento del director francés Barbet Schroeder de crear el guión de  una película basada en su obra. Aceptó, y el irregular resultado fue Barfly (El borracho), en 1987, protagonizada por Faye Dunaway y Mickey Rourke. El film no fue capaz de plasmar la fuerza descarnada de la palabra del escritor y se quedó en una mera curiosidad, en caricatura lastrada por una actuación de Rourke pletórica de tics y grandilocuencia. No obstante, el proceso de gestación también parió lo mejor de su última etapa, la novela Hollywood, una hilarante suerte de Chinaski versus cine, el castillo de naipes de los estudios y la ironía de su propia figura de hombre célebre como blancos fáciles para sus golpes.

 

La literatura de Charles Bukowski giró en torno a su vida; la vida de Charles Bukowski giró en torno a la literatura. Quizá fue el último de los escritores malditos, el último representante del viejo culto de la voluntad creativa frente a todo lo demás, de  la joya resplandeciente enterrada en el lodo, de la única apuesta posible frente a la locura. Hank, viejo cabrón, tú conocías el mejor de los secretos: nacer para robar las rosas de las avenidas de la muerte.

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